
Martín Perucca lleva más de dos décadas dedicado a combatir el fraude y el blanqueo de capitales. En Argentina y en toda América Latina es un referente, no solo por su experiencia, sino por una idea que repite como un mantra: la seguridad debe convertirse en propuesta de valor.
“Es una apuesta rentable, capaz de convencer incluso al CFO más escéptico”, asegura. Su mirada va más allá del cumplimiento normativo: busca proteger a las personas y a las organizaciones, recordando siempre que la verdadera cultura de prevención no se construye en días, sino en años. Un enfoque que sacude el modo en que entendemos el compliance hoy.
Pregunta: Tu carrera combina consultoría, docencia y experiencia en entidades financieras. ¿Qué te llevó a dedicarte al fraude y la seguridad? ¿Qué problema te obsesiona resolver hoy?
Respuesta: Mis inicios fueron en una entidad financiera en Córdoba, Argentina, dentro del área de análisis de crédito. Pero pronto empecé a interesarme por el fraude. Descubrí que tenía cierta facilidad para detectarlo y cada vez que lograba evitarlo sentía una doble satisfacción: contribuía a la organización y, al mismo tiempo, protegía a una persona que podía ver su identidad usurpada.
Hablamos de comienzos de los 2000, cuando el fraude documental era básico: documentos falsos con pegatinas, muy rudimentarios. Aun así, entendí que la prevención no solo salvaba a la empresa de pérdidas, sino que también aportaba valor a la comunidad. Ese propósito me acompaña hasta hoy y es lo que me motiva: más allá de que sea mi trabajo, siento que contribuyo a un bien mayor.
P: Eres cofundador de Mooy, donde uno de los ejes de trabajo es el compliance. ¿Qué importancia tiene hoy el cumplimiento normativo para las compañías?
R: Las normas están para cumplirse y no hay discusión. Las organizaciones deben adaptarse. Pero muchas veces me llaman y me dicen: “Ha salido una nueva normativa, necesito que me diseñes una estrategia de prevención de fraude”. Yo intento darles otra visión: el cumplimiento es innegociable, pero la prevención del fraude aporta directamente a la propuesta de valor de la empresa. Si trabajas en esa línea, terminarás cumpliendo con la norma de forma natural.
P: Si situamos la seguridad como parte de la propuesta de valor, ¿qué cambios aplicarías en un proceso típico de onboarding o de transacciones?
R: La seguridad debe estar presente desde el inicio de la relación: apertura de cuenta, solicitud de producto, onboarding. Hay que identificar, verificar y validar la identidad con una estrategia integral. Ninguna herramienta lo hace todo sola. Algunas medidas serían:
Y algo muy importante: la seguridad es responsabilidad de todos. Desde el consejo de administración hasta el empleado de primera línea, todos pueden contribuir. Obviamente debe existir un área responsable, pero la cultura de prevención se construye de arriba abajo.
Para lograrlo se necesitan varias piezas:
Y, sobre todo, liderazgo. La cultura no se construye de la noche a la mañana: en mi experiencia, se necesitan al menos tres años para que empiece a dar resultados. Todo esto tiene que hacerse con coherencia y poniendo a las personas en el centro: colaboradores y clientes. Si un empleado entiende que seguir un procedimiento no es un trámite, sino que protege la experiencia del cliente y la reputación de la organización, se compromete mucho más.
P: Aún hay empresas que entienden el cumplimiento como un mero check. ¿Qué pierde el negocio con ese enfoque?
R: Si se ve como un gasto contable, se pierde la oportunidad de generar valor. Si se integra en la propuesta de valor, se convierte en inversión. En nuestra consultora hacemos siempre un caso de negocio: cuánto dinero se evita perder, qué impacto tiene en la experiencia del cliente y en la cartera. En todos los casos, los números son positivos.
La ACFE estima que las organizaciones pierden un 5% de sus ingresos anuales por fraude. Eso ya justifica la inversión. Además, los periodos de recuperación de herramientas tecnológicas suelen estar entre 12 y 14 meses. Y no olvidemos lo cualitativo: la reputación. ¿Qué imagen quieres que tenga tu organización? Si sacas un nuevo producto y está asociado a fraudes, la pérdida de confianza será mucho más cara que cualquier inversión en prevención.
De hecho, según KPMG, el 83% de los consumidores eligen entidad financiera en función de la seguridad, y el 76% de quienes han sufrido un fraude abandonan su banco. Son cifras que muestran cómo la seguridad impacta directamente en el negocio.
P: ¿Cuáles son las principales “miopías” que observas en los modelos de prevención?
R: La más grande: no gestionar el fraude interno. Muchas organizaciones creen que no lo tienen. Pero cuando diagnosticamos, siempre aparece. Puede ser más o menos grave, pero está en todas partes: fábricas, clínicas, entidades financieras. Hay un dicho que lo resume bien: hay dos tipos de organizaciones, las que han sufrido fraude interno y las que lo sufrirán.
P: ¿Cómo puede cualquier empresa empezar a corregir esas miopías?
R: Lo primero es reconocer y diagnosticar: pedir datos, revisar reclamaciones de clientes, analizar pérdidas. Siempre se encuentra más de lo que muestran los informes.
Después hay que planificar y basarse en tres pilares:
Hoy más del 90% de los fraudes son digitales. Eso obliga a romper silos y trabajar de forma conjunta.
Y algo fundamental: detrás de cada fraude hay una persona. En mis entrevistas con víctimas he visto miedo, vergüenza, incertidumbre. Muchos no denuncian porque creen que la justicia no actuará. Esa experiencia humana nos recuerda que prevenir el fraude no es solo proteger balances, es proteger a personas.
P: ¿Cómo equilibrar cumplimiento normativo y experiencia de usuario sin generar fricción?
R: La clave es sentar en la misma mesa a seguridad, ciberseguridad, producto y tecnología. Si cada área trabaja aislada, habrá tensiones. Si se conversa, se logra un equilibrio. Y todo debe estar conectado con el propósito de la organización.
Si una entidad financiera declara que su propósito es “facilitar la vida de las personas con productos tecnológicos”, un fraude rompe esa promesa. Con esa brújula, se encuentran soluciones que cumplen la norma, protegen y al mismo tiempo no complican al usuario.
P: ¿Crees que esta visión se convertirá en un estándar en la industria o siempre habrá excepciones?
R: Hace unos años parecía una utopía, pero ya no lo es. En países como Argentina o Brasil muchas organizaciones trabajan con propósito y logran alinear a toda la compañía. Quien no lo adopte perderá competitividad. Siempre habrá excepciones, pero la tendencia es clara: pasar de cumplir por obligación a prevenir como parte del valor.
P: Has mencionado el enfoque basado en riesgos. ¿Qué implica realmente?
R: Es una práctica habitual en prevención de blanqueo y cada vez más en fraude. Pero no basta con mencionarlo: implica conocer el negocio, identificar dolores, traducirlos a riesgos, clasificarlos y priorizar recursos donde el riesgo residual es más alto.
El fraude es dinámico. No puedes olvidar los riesgos bajos porque se reactivan. Hay que monitorear todos, aunque con distinta intensidad.
En la diplomatura que dirijo junto a Mario Ader —la primera en América Latina especializada en prevención de fraudes— resumimos el modelo en tres pilares: conocer y comprender, intervenir y medir para mejorar. Esa debe ser la base de cualquier estrategia.
P: ¿Qué consejo darías a un junior que empieza en compliance o prevención de fraude?
R: Lo primero: asegurarse de que le gusta. Esto no es para tibios. Puede que te llamen a las 4 de la mañana por un riesgo, y tienes que estar listo. Hay que tener propósito y pasión.
Segundo: estudiar todos los días, mínimo una hora. Yo hoy estudio más que cuando hacía mi carrera.
Tercero: networking. Tener presencia en LinkedIn, participar en webinars, leer, preguntar.
Y cuarto: colaborar. Los defraudadores cooperan entre ellos; las entidades financieras, no. Tenemos que ser más solidarios.
P: ¿Ves realmente colaboración entre entidades financieras o solo declaraciones?
R: La colaboración real está creciendo, sobre todo en América Latina. Hay foros en Argentina, Brasil, Ecuador… El sistema expulsa poco a poco a quienes no comparten. Aún falta mucho, pero la tendencia es positiva. Y no hace falta compartir datos personales: basta con tipologías, patrones, zonas de ataque. Eso ya ayuda mucho.
P: Mirando a los próximos cinco o diez años, ¿qué cambio cultural te gustaría ver en la industria financiera?
R: El cambio clave es entender que la prevención del fraude es parte de la propuesta de valor. Si se asume eso, todo lo demás fluye.
A nivel macro, necesitamos más diálogo entre sector público y privado. El regulador a veces pide cosas inviables, no por mala fe sino por desconocimiento. Debe entender cómo funciona el sistema financiero y hacia dónde va.
También hace falta legislación penal más fuerte para el fraude. Hoy muchos delincuentes saben que entran por una puerta y salen por otra. El sistema judicial suele estar saturado con delitos más graves y el fraude no recibe atención suficiente. Eso debe cambiar.
